Desde el mes anterior se viene comentando una propuesta legislativa nacional que apuntaría a exigir la rotación de cultivos como una práctica de esencia conservacionista del suelo rural. Era de prever la aparición de diversas críticas, básicamente dos: que el Congreso no puede avanzar en regulaciones sobre la gestión de los recursos naturales (el suelo, en éste caso), y que la política económica nacional empuja a consolidar el monocultivo –se ponen escollos, se acusa, para equilibrar el cultivo de la soja con otros granos-. Aunque los proyectos oficiales de leyes adhieran a los más elevados principios ambientales y al dogma de las “buenas prácticas” siempre estará la duda si el Fisco encubre un accionar tributario o, en el mejor de los casos, si las normas que se pretenden sancionar son simples declaraciones sin posibilidad de regir en la realidad.
Antecedentes desafortunados.
En los años 1980 y 1981 se dictaron dos decretos-leyes –vigentes- que representaron un salto atrás en el resguardo del recurso suelo. El primero reformó la Ley de Arrendamientos (1948) dejando atrás la posibilidad de que el Estado interviniera de manera obligatoria ante la explotación irracional dentro del contrato agrario; sólo dejó librado al criterio del arrendador la facultad de rescindir el contrato o reclamar judicialmente el cese de la explotación –además de los daños y perjuicios, tema estrictamente patrimonial-. El segundo, mal llamado Ley de Fomento de Conservación del Suelo, facultó al Estado nacional y a las provincias adherentes a fomentar la acción privada que busque el fin de la norma. Una ampliación del tema puede verse en apesteguiaimaz.blogspot.com.ar/p/aprovechamiento-irracional-del-suelo.html.
La rotación y el monocultivo.
Barsky y Dávila (docentes de FLACSO e investigadores) afirman que “…el monocultivo con soja produce una degradación de los suelos por su carácter extractivo. Esto hace imprescindible la rotación del cultivo con trigo y maíz, que permite mejorar el aporte de carbono a los suelos y, por lo tanto, contribuye a mantener su calidad…La intensificación agrícola genera una importante presión sobre el medio ambiente, que en algunos casos puede tener impactos negativos, sobre todo si no se plantea simultáneamente con prácticas de conservación que mitiguen los efectos no deseados, como la contaminación del suelo y aguas por exceso de productos químicos, y la pérdida de materia orgánica y erosión de los suelos. Pero éste no es un problema exclusivo de la soja, sino que es común a todos los cultivos agrícolas, y además tiene solución. Con prácticas conservacionistas como rotaciones, siembra directa, uso de agroquímicos de menor toxicidad, entre otras, se pueden mitigar estos impactos” (Barsky, Osvaldo y Dávila, Mabel: “La rebelión del campo”. Sudamericana. Bs. As., 2008, p. 56 y 58).
Una visión más rigurosa del perfil ecológico de la actividad agrícola ha sido planteada por Altieri (profesor de la Universidad de Berkeley): “La restauración de la diversidad agrícola en el tiempo y en el espacio se puede lograr mediante el uso de rotaciones de cultivos, cultivos de cobertura, cultivos intercalados, mezclas de cultivo/ganado, etc. Se dispone de diferentes opciones para diversificar los sistemas de cultivo, dependiendo de si los sistemas de monocultivos a ser modificados están basados en cultivos anuales o perennes. La diversificación puede tomar también lugar fuera de la finca, por ejemplo, en los bordes de los cultivos con barreras cortavientos, cinturones de protección y cercos vivos, los cuales pueden mejorar el hábitat para la vida silvestre y para los insectos benéficos, proveer fuentes de madera, materia orgánica, recursos para abejas polinizadoras y además, modificar la velocidad del viento y el microclima…La evidencia muestra también que la estructura del agro y las políticas prevalecientes, han llevado a esta crisis ambiental al favorecer a las grandes fincas, la especialización de la producción, el monocultivo y la mecanización. En la medida en que cada vez más agricultores se integran a la economía internacional, los imperativos para diversificar desaparecen y los monocultivos son premiados por las economías de escala. A su vez, la ausencia de rotaciones y diversificación elimina los mecanismos fundamentales de autorregulación, transformando a los monocultivos en agroecosistemas ecológicamente vulnerables y dependientes de altos niveles de insumos químicos…” (Altieri, Miguel y Nicholls, Clara: “Agroecología. Teoría y práctica para una agricultura sustentable. Naciones Unidas. México, 2000, p. 19 y 20, y 114). Gustavo J. Apesteguía